Mal de muchos…

Escribe Luis Casado – 03/06/2013

No hace mucho, evocando los sinsabores electorales de los socialistas franceses, Rémi Léfèbvre escribía en su libro “El fin del partido militante”:

“La ‘renovación’ es un rito controlado con efectos sabiamente domesticados que sigue generalmente las derrotas. Para los dirigentes se trata de enfrentar los reproches de los militantes y de administrar una fase crítica sin que su poder sea cuestionado”.

Uno pudiese ampliar el ámbito de los reproches a las principales víctimas de lo obrado por los mencionados políticos cuando estuvieron en el poder: los ciudadanos, o como se suele decir ahora “la gente”, “los amigos y las amigas”.

En la práctica se verifica eso de que el gato escaldado huye del agua fría. Décadas de decepciones, y el creciente sentimiento de haber sido traicionados en sus intereses más elementales, han construido en la llamada opinión pública un sólido escepticismo de cara a los partidos políticos.

A tal punto que su pérdida de credibilidad les hace virtualmente imposible designar candidatos a cargos de representación popular. ¿Con qué autoridad podrían hacerlo? Por eso, haciendo de la necesidad virtud, la política parasitaria inventó las controvertidas elecciones “primarias”. La cosa no va más allá de presentarle a un universo de electores a geometría variable un ramillete de candidatos pre-designados, para que el vulgo tenga la impresión de que participa en las decisiones que toman otros. Y colgarle al candidato, o a la candidata así ungida, un remedo de legitimidad.

El fenómeno no es una particularidad chilena. Los italianos, antes que otros, sintieron la necesidad de echar mano del artilugio. Los resultados son conocidos: un mafioso llamado Berlusconi accedió tres veces al gobierno de Italia, mientras los poderosos partidos tradicionales terminaban de desaparecer (PC-1991, DC-1994) no sin antes haber intentado una alianza ahogada en la sangre de Aldo Moro.

Luego de interminables vicisitudes, el surgimiento del improbable líder anti-sistémico Beppe Grillo hizo imposible la constitución de un gobierno de mayoría, e Italia tiene que conformarse con un gobierno de “unión nacional” en el que Berlusconi sigue teniendo derecho de pernada.

En Francia, la derecha disponía –tradicionalmente– de un partido consagrado a su líder. Si Charles de Gaulle fue un demócrata, no puede decirse lo mismo del partido político que creó para sí mismo. Más tarde, llegó el turno de Chirac. El periodista Maurice Szafran lo describe así:

“… en los años 80 yo estaba asombrado del modo en que Jacques Chirac y Charles Pasqua, entonces indefectibles amigos y aliados políticos, “arreglaban” el Congreso del RPR, el partido chiraco-gaullista. Nada era dejado al azar. Cada voto era preparado, arreglado, utilizado. Todos lo sabían, cada cual convenía, lo aceptaba, se reía. Un partido como ese estaba al servicio, a la devoción de un jefe –Chirac– y el principio mismo de una vida democrática era una absurdidad. No se estaba allí para debatir, hacer progresar el debate político; se trataba exclusivamente de luchar para asegurar el triunfo del jefe –Chirac– en la única elección que valiese la pena: la presidencial”.

Pero la pérdida de credibilidad que llevó a inventar “primarias” en el socialismo francés, terminó por llevar a la derecha a imitar el procedimiento:

“He ahí que la UMP, partido heredero del RPR chiraquiano, pretende reinventar la cultura política de la derecha francesa. Debates… Corrientes… Elecciones primarias para designar los postulantes… Una revolución no política, sino cultural, a la vez simpática y terriblemente difícil” (Maurice Szafran).

Los resultados, como veremos, estuvieron a la altura:

“Primero fue el match Copé vs Fillon por la presidencia de la UMP (fines del 2012). Fue digno de un partido stalinista en los años 60. Trampeo organizado, trampeo industrial, trampeo prácticamente asumido en favor de Copé. Fillon había ganado, ampliamente, todos lo sabían. Pero no podía ser cuestión para Copé, en la tradición del cesarismo, de abandonar el poder…” “Había pues que remediar su debacle anunciada. Atiborrando, de diversas maneras, las urnas. Impidiendo a los electores de Fillon de acceder a ellas. En resumen, una demostración de política a la antigua” (Maurice Szafran).

Antes de seguir precisemos que las primarias que designaron a François Hollande candidato del PSF a las presidenciales que ganó contra Sarkozy no estuvieron exentas de manejos turbios. En la materia no hay mucho paño que cortar.

El escandaloso episodio de la elección del presidente del partido de derechas no fue impedimento para que en estos días reincida, esta vez para designar su candidato a las municipales parisinas.

“En principio una formalidad, puesto que Nathalie Kosciusko-Morizet es ultra favorita frente a una serie de desconocidos en política. Una primaria sin nada en juego, sino probarle a los parisinos, y a los franceses, que la democracia no es extranjera a la cultura de la UMP. ¿Lo lograron? No, fallaron una vez más. ¿Hay que reír? Sí, definitivamente sí. Insultos y verdaderos falsos electores, todo en Internet. Insultos y prohibición de… hablar… No es banal en política, la prohibición de hablar. ¡Es incluso la negación perfecta de la política, del debate, de la democracia!”

El periodista Nicolas Domenach cita a un militante de la UMP, que decepcionado reconoce:

“Somos ridículos. Ni siquiera somos capaces de organizar correctamente una competición democrática entre nosotros mismos”.

Y Domenach agrega:

“Es verdad que incluso los monos Bonobós parecen más avanzados en la organización político-social. He aquí nuevas primarias de primates, marcadas por la sospecha, las trampas, las querellas vanas y violentas. ¡Qué animales!”

En la copia feliz del edén estamos en eso. Los temas de fondo desaparecen para dejarle espacio y tiempo al cupo de fulano, a la primaria entre zutanos, a los dimes y diretes entre perenganos. Un Bonobó, y no de los menores, renunció a participar en primarias apuntando, precisamente, a fraudes electorales en su partido. De eso el Bonobó sabe un puñado, visto que durante años mantuvo su dominio incuestionado gracias al fraude electoral elevado a la categoría de arte.

Sólo nos queda consolarnos sabiendo que no somos los únicos que soportamos una escoria política que debiese haber desaparecido con el siglo XX.

Lo dicho: mal de muchos…

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